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Relato ganador: HUYENDO

Relato ganador: HUYENDO

Y para finalizar esta recopilación de magníficos relatos de nuestro I Certamen literario "Pequeño Tolkien", qué mejor manera de hacerlo si no es con el relato ganador. Su autora es Vera Noreña de 2º de E.S.O. del I.E.S. "Sierra del Valle", La Adrada (Ávila).

 

HUYENDO

 

Me limpio las manos en la parte delantera de mi vestido. Están manchadas de barro, porque ha llovido y la tierra está húmeda. Mis padres y mi hermana están unos metros más adelante, desenterrado unas verduras.

 

Cerca de nosotros hay más huertas, ya que en esta zona las plantas crecen muy bien.

Cojo el odre de agua y le doy un par de tragos. Mi hermana se acerca y se lo tiendo sin preguntar. Bebe un poco y lo deja en el suelo. A lo lejos, en la zona del camino, unos pájaros echan a volar.

-¿Y eso?- Pregunta Jimena, frunciendo el ceño Me encojo de hombros. -Les habrá asustado algún animal- Digo, mientras nado hacia mis padres. Mi hermana se queda inmóvil unos segundos y luego me sigue.

Al cabo de un rato, unas figuras aparecen al principio del sendero. Todos las observamos en silencio.

-Son los hombres del conde Loba- Dice un chico, en una parcela contigua a la nuestra. Se llama Daniel y tiene muy buena vista.

Después de oír eso, la mayoría nos relajamos y seguimos trabajando. Mis padres se miran entre ellos, y unos hombres hablan en susurros en el límite de su huerta.

Mi hermana se acerca y se arrodilla a mi lado.

-Eloísa, vas a ir a casa, coger una bolsa con comida y una manta, e irte a la cueva en la que jugábamos de niñas, ¿está bien?-

La miro extrañada. -¿Por qué?-

-No creo que los hombres de Loba hayan venido a hablar-Dice en voz baja- Oí a papá y a mamá hablar la otra noche. Todo el pueblo se ha atrasado en el pago de los impuestos, y esta ya es la tercera vez. Así que coge una cesta de verdura y ve a casa. No hables con nadie e intenta que no te vean-Me pone en pie y me empuja ligeramente- Venga, vete. Vuelve al pueblo cuando el sol empiece a caer-

Agarro un cesto y camino de forma insegura hacia mi casa. Miro hacia atrás y veo a mi padre hablar con Jimena. Mi madre parece preocupada. Me sonríe y articula las palabras "te quiero". Asiento y ando más rápido. Van a estar bien. Lo sé.

Ya en casa, cojo una bolsa de cuero blando, y la lleno con unas verduras, un par de manzanas, un puñado de legumbres y un odre de agua. Me pongo mi manto de invierno, y me cerco a mi catre a por la manta. Estoy a punto de traspasar la puerta, pero me lo pienso un segundo y doy

media vuelta. Mi padre siempre dice que para ir al monte se necesita un cuchillo. Elijo uno no muy grande y lo guardo. Atranco la puerta con fuerza y echo a andar hacia el bosque.

No tardo mucho, porque nuestra casa está a las afueras de la aldea, y la cueva no queda muy lejos. Llego en seguida, me acomodo en un rincón, y casi por inercia, mis ojos se cierran. Intento luchar contra el sueño, pero es inútil.

Cuando me despierto ya casi ha anochecido. Echo a correr porque si tardo mucho, Jimena me reñirá. Según llego, noto algo extraño. No hay nadie. Un par de perros y unas gallinas corretean por las calles, y en algún sitio, un niño llora., pero quitando eso, todo está en silencio.

Me acerco a mi casa. Dentro no se oye nada. Ni a mi padre quejándose de lo poco que gana por las verduras, ni a mi madre y mi hermana hablando en voz baja, ni mucho menos el ruido de cacerolas y cuencos al entrechocar.

Aferro el pomo de la puerta y lo noto viscoso. Mis pes están húmedos. Cierro los ojos y miro hacia abajo. Lo primero que veo al abrirlos es rojo. Los zapatos sucios y gastados que siempre llevo están teñidos de oscuro.

"Es sangre" Comprendo de pronto. "Es sangre, y sale de la puerta de mi casa. donde se supone que está mi familia. Ellos están dentro. Lo sé. Pero muertos. Están muertos, porque los hombres de Loba los han matado. Igual que a toda la aldea. Loba los ha matado a todos. Están muertos".

En algún sitio, el niño sigue llorando. Pero no quiero ir a buscarle. No quiero ver a nadie.

Salgo corriendo. Porque si no, entraré en casa. Y no puedo verles.

Quiero recordar a mi madre sonriéndome y diciéndome "te quiero". Cada vez que piense en mi madre, quiero recordarle hablando con Jimena, como tantas otras veces. No quiero ver el cadáver de mi hermana cada vez que oiga su nombre.

Estoy corriendo por el bosque. Las ramas me arañan la cara, y me duelen las piernas. Llego a la cueva. Me siento en un rincón y me abrazo las piernas. Pic. Una gota cae en mi cabeza. Estoy bajo una gotera. Pic. Pic. Tengo frío. Cierro los ojos muy fuerte, porque mi familia está muerta y no los voy a ver nunca más. Y lloro. Lloro mucho, y la garganta me quema, las anos me tiemblan, y me duele el pecho. Porque mi familia está muerta.

Cuando me despierto me duelen los ojos. Sé que los tengo rojos e hinchados, porque me he pasado la noche llorando. Me obligo a beber algo de agua, o si no me deshidrataré. Intento comer una manzana, pero sólo la mastico. No puedo tragar. Lentamente me pongo en pie. Tengo que irme de aquí, porque si Loba me descubre, me matará. Quizás pueda salir de sus tierras. La frontera no quema muy lejos. A dos o tres días de camino, a lo sumo. Si ando todo el día., llegaré al pueblo vecino.

Recojo mi bolsa y me la cuelgo al hombro. Camino despacio, paralela al sendero de tierra que mi padre recorría cada semana. En otra ocasión, habría disfrutado del viaje. Es mediados de

primavera, y todo está lleno de flores y pájaros. Supongo que si hubiese sido un día normal, habría tardado el doble por mirar las plantas. Pero hoy ni siquiera sé por dónde camino.

Cae la noche y sé que necesito dormir. Elijo un lugar seco bajo un árbol y me tumbo. Intento no pensar en nada.

Me despiertan unas voces. Un grupo de hombres avanza en contra de mi dirección. Sé que van a mi aldea, porque hoy era día de mercado. Pero no van a encontrar a nadie…

El sol está en su punto álgido cuando me acerco al pueblo. Queda muy poco camino cuando escucho unos gritos. Me detengo. Unos segundos después los vuelvo a oír. Es una chica. Empiezo a correr, guiándome por el sonido. Veo unos arbustos y sé que ella está detrás. Me asomo con cuidado y la veo.

Tiene mi edad. Quizás algo menos. Su rostro es aniñado. Y encima suya hay un chico. Unos arañazos adornan su cara, y está desgarrando la falda de la chica.

Estoy helada. Y de repente dejo de estar en el bosque, dejo de tener quince años, y vuelvo a mi aldea, a ser una niña.

Es un recuerdo de un día nublado. La noche anterior había llovido, y los caminos estaban embarrados. La guardia de Loba había ido a por el diezmo, y a causa del mal tiempo, durmieron en el pueblo. Casi consiguieron agotar la cerveza de la taberna.

Estaba en la plaza con mi madre, y aparecieron los soldados. Acorralaron a una chica. La pobre se moría de miedo. Empezaron a gritarle ordinarieces, y uno de ellos se acercó, y la cogió del brazo. La arrimó a él y le lamió la cara. Se rió. Ella temblaba. Entonces apareció mi hermano mayor. Se llamaba Carlos. Corrió hasta el hombre, y sin vacilar, le clavó una daga en la cabeza. Ni siquiera tuvo tiempo para reaccionar. Se le abalanzaron encima. Murió a causa de una herida en el corazón. Después de eso, los soldados abandonaron la aldea. Carlos era muy querido por todos. Sabían que si no se iban tendrían problemas. Pero se llevaron a la chica con ellos. Nadie supo mas de ella. Se llamaba Melania, e iba a casarse con mi hermano. Algunos decían que estaba embarazada.

Entonces, la chica sin nombre me mira. Tiene los ojos más azules que he visto nunca. Y reacciono. Saco el cuchillo de la bolsa, y me acerco. Dos, tres pasos. Ni siquiera pienso. Hundo el metal en el hombro. Siento como la carne y los tendones ceden. El hombre grita y me mira. Retrocedo. Levanta la mano para sacarse la hoja, pero cae al suelo. La chica le ha pateado las piernas. No pierde ni un segundo, y se pone en pie. Le arranca el arma del brazo, y le mira con odio. Se lanza sobre él y le apuñala la tripa. Es rápida, precisa y está descontrolada. Es mortífera. Cierro los ojos. La sangre ha manchado mi vestido. La oigo asestar un último golpe con furia. Grita fuerte y luego se empieza a reír. La miro. Tiene las mejillas bañadas en lágrimas. Se las seca con la manga. Limpia su mano en la falda y luego me la ofrece. La esrecho con vacilación.

-Me llamo Victoria- Dice, con voz segura.

-Eloísa- Respondo.

-Encantada. Y gracias- Asiento.

Nos quedamos un momento en silencio, y miro al hombre. Está tirado sobre un charco rojo, y tiene la cara destrozada. Victoria habla.

-Se supone que era mi hermano- La miro, asqueada ante la posibilidad de que algo así pueda ocurrir- Dejó de serlo en el momento en el que me puso un dedo encima. En realidad, jamás había llegado tan lejos. Nunca había intentado… Tú sabes. Supongo que en algún momento tenía que pasar- Suspira con pesar y me mira. Evito sus ojos y comienzo a andar. Si no, vomitaré.

-¡Eh!- Exclama-¿A dónde vas?-

-Lejos- Respondo, en voz baja- Tengo que salir de las tierras de Loba-

-Loba… Vaya, no había oído a nadie llamarlo así. Ya sabes, normalmente es el honorable conde Loba, o el ilustrísimo conde-

-No tiene nada de honorable, y mucho menos de ilustre- Digo de forma brusca y resentida.

Me mira un instante y sonríe.

-No, tienes toda la razón. Es un completo marrano- Sonrío-¿Puedo ir contigo?-

-¿Por qué querrías hacer eso?-

-Era su hijo favorito- Señala en dirección al cadáver- Cuando mi "padre" se entere de que le he matad, hará que me quemen en la hoguera. No me tiene mucho aprecio, por lo que le será fácil. Y mi madre se pasa la vida enferma, así que no supone un impedimento-

La miro de reojo. -Eso eso es triste-

-¿Un padre sin instinto paternal, una madre enfermiza e inútil y un hermano abusivo? Sí, supongo que sí. Pero podría ser peor- Dice, y se encoge de hombros-Al menos he aprendido a cuidare por mi cuenta. ¿Entonces? ¿Puedo ir?-

Asiento -De acuerdo-

-¡Bien!- Exclama, y sonríe- Sé cómo podemos salir de las tierras de Loba. Pero primero necesitaremos cambiarnos de ropa y conseguir dinero. ¿No crees?-

Miro su vestido ensangrentado e imagino lo parecidas que debemos estar ahora mismo.

-Sí. Sin lugar a dudas, necesitamos cambiarnos.

Victoria ríe ligeramente.

-Vamos a mi casa. Te valdrá algún vestido de mi madre, y sé dónde están escondidos los ahorros.

Me guía por un camino hasta llegar a las afueras del pueblo.

Miro atentamente a mi alrededor. En parte por precaución( no quiero ni pensar en lo que ocurriría si nos encontrasen de esta guisa) y en parte por curiosidad, ya que hace mucho que no vengo a la aldea.

-Es esa- Señala una construcción de madera y piedra. Se acerca y abre la puerta. -¡Vamos!- Me hace una seña.

-¿No hay nadie?- Pregunto, a la vez que entro.

Niega con la cabeza. -Mis hermanos estarán por ahí, mi madre con el médico y mi padre en la taberna-

Abre un armario y me lanza un revoltijo de telas. -Pruébatelo- Se quita su vestido rápidamente y lo tira al fuego. Intento imitarla, pero e detiene. -No, para. El tuyo sólo está un poco manchado. Lo podemos lavar.-

-Tienes razón- Digo mientras me cambio de ropa.

Miro a Victoria. Sólo lleva un camisón, y es casi transparente de tanto lavarlo. Sonrío. Tiene un cuerpo muy bonito. Ella, sin darse cuenta de nada, se viste. Me sonrojo y aparto la mirada. ¿Pero qué hago?

-Ven- Me dice. Se ha arrodillado en el suelo, y quita una de las tablas del suelo. Saca un saquito de cuero y me lo tiende. -Guárdalo, por favor- Lo meto en mi bolsa, que había dejado tirada en el suelo, y la ayudo a colocar el tablón.

Acto seguido, extiende una manta en la mesa, y amontona en el centro, de forma ordenada, comida y algo de ropa. Por último, deposita con cuidado un atado de cuero y pergamino, una pluma y un pequeño tintero. -Me los regaló mi abuela cuando cumplí los trece años- Dice con una sonrisa- Murió poco después- Amarra las cuatro esquinas de la tela y se pone en pie.

-¿Lista?- Asiento, y salimos. Ni nos molestamos en cerrar la puerta.

Vamos andando por el pueblo, y le cuento a Victoria el porqué de mi huida.

-Entonces…¿no te queda nadie al que acudir?- Pregunta preocupada.

Niego con la cabeza. -Sólo mi hermano Jonás. Pero vive en un convento desde hace mucho. y siempre ha sido muy débil, así que no podría ayudarme. A lo sumo, encerrarme en un convento. Y yo no quiero eso- Digo despacio. Me duele hablar de mi familia.

Mi amiga se muerde el labio pensativa.

Termino de comer el pastelito que hemos comprado con el dinero robado de su padre. Al principio me he sentido un poco mal porque los dulces debían valer una fortuna, pero luego se me ha pasado, porque Victoria ha reiterado varias veces que "no le debía nada a ese viejo chocho". Lo cierto es que me he reído un poco cuando ha dicho eso…

De repente, la "hija del viejo chocho" se para delante de una casa.

-Es aquí- Llama tres veces y espera.

Una mujer joven nos abre la puerta. Es bastante guapa, con el pelo castaño claro suelto, y los ojos oscuros. Tiene un curioso efecto calmante en mí. Me siento segura nada más verla.

-¡Victoria! Qué alegría verte- Exclama, mientras nos hace pasar. El interior de la choza es cálido y acogedor. Algo austero, pero con velas amarillas y hierbas aromáticas esparcidas por todo el espacio.-¿Qué necesitas?-

-Quiero ver a Empa-

La mujer me mira. -¿Es de fiar?

-Por supesto-

-Bien- Nos guía hasta una trampilla camuflada bajo un camastro.-¿Y qué necesitáis de Empa?-

-Queremos salir de las tierras de Loba- Dice Victoria de forma escueta. -Empa es una bruja-Me susurra- Pero no una curandera. No. Una bruja de las de verdad. De las que hacen magia real. Yo la he visto hacer un ritual para sanar a una niña que se iba a morir. Fue increíble-

Alzo las cejas, sorprendida y asustada a la vez.

La mujer me mira y sonríe levemente.

-El auténtico nombre de Empa es Empoderada. Así se llamaba su madre, y la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre. Creemos que el nombre sirve de transfusión de energía y poder. La estirpe de Empa es de mujeres libres y fuertes, y por ende, solteras.-

La miro con respeto. -¿Usted también es una bruja?-

-¿Yo?- Ríe con fuerza- No, niña. Yo sólo soy una ayudante. Tengo mano para las plantas y los animales, pero ahí acaban mis conocimientos-

-Ah- Digo tímidamente.

Sonríe, y señala el agujero en el suelo. -Empa está abajo-

-Hasta luego- Me despido de ella.

Victoria atraviesa la trampilla, y yo la sigo. Esta se cierra inmediatamente después de mí.

Y ahora no lo sé, pero cuando años más tarde piense en este momento, lo recordaré como el principio del resto de mi vida.

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